Las centrales nucleares pueden cerrarse. Los residuos radiactivos no tienen cierre posible. Permanecen como una grave amenaza ambiental y social durante un mínimo de 60 años los de muy baja actividad, y hasta 300 años los residuos de baja y media. La categoría de alta actividad por centenares de miles de años. En definitiva, son escalas de tiempo que, a efectos humanos, suponen una amenaza permanente o eterna. Lo único que se puede hacer es mantenerlos separados de la biosfera. No es realista considerar que hay una «solución» al problema de los residuos radiactivos, porque la escala de tiempo durante la que son peligrosos no permite garantizar ese aislamiento. Pero ha de conseguirse la gestión más «razonable» o “menos mala”, que sea posible.
El problema de los residuos radiactivos está causado por la generación eléctrica nuclear, que produce el 90% en volumen de los residuos de media, baja y muy baja actividad, y el 100% los residuos de alta. Las actividades industriales, médicas, de investigación etc. son una parte muy pequeña del total.
La política de gestión de los residuos radiactivos se establece en un Plan General de Residuos Radiactivos, documento que elabora el gobierno y se aprueba en Consejo de Ministros. Por tanto, no pasa por el Parlamento y cada gobierno puede elaborar su propio plan, pero mientras esté vigente es de obligado cumplimiento. Normalmente se renuevan cada pocos años por necesidades de actualización, pero el anterior es de hace 17 años, de 2006. El vigente 7º Plan General de Residuos Radiactivos[1] se aprobó en diciembre de 2023.
Residuos de radiactividad media, baja y muy baja
La categoría de residuos con menor concentración de actividad radiactiva y tiempos de desintegración más cortos se denomina Residuos de Baja y Media actividad de vida corta y media (RBMA). Parte de ellos se originan en la exposición de materiales al flujo neutrónico del reactor (metales, agua, hormigón…), que los convierte en radiactivos. Producen poco calor y su blindaje es relativamente sencillo. En unos 300 años su nivel de radiactividad habrá decaído y será comparable a la situación natural. Hay una “subcategoría” de los RBMA, los de muy Baja actividad (RBBA), de vida corta y media, cuya emisión de radiactividad es significativa durante unos 60 años. Proceden en su mayoría del desmantelamiento de las centrales nucleares (escombros de muros, etc.).
A finales de 2023 ya se acumulan en España[2] unos 74.900 m3 de residuos de muy baja y de baja y media actividad. La producción en 2024 y los años siguientes hasta el cierre en 2035 se estima en otros 136.982 m3. La gran mayoría, el 87% de estos nuevos residuos, serán de muy baja actividad y procedentes de los desmantelamientos de centrales.
Con este tipo de residuos lo que se viene haciendo desde mediados de los años 80 es llevarlos al único cementerio nuclear que existe en la Península Ibérica: el centro de almacenamiento de El Cabril, en la Sierra de Hornachuelos (noroeste de Cordoba). Un almacén definitivo. La elección del emplazamiento fue una política de hechos consumados durante la dictadura, consolidada en 1989. Nunca ha habido participación de la población en las decisiones que afectan al cementerio nuclear de El Cabril. Nació de la imposición de un organismo de la dictadura de Franco, la Junta de Energía Nuclear, que fue ratificada en tiempos de democracia.
Debido a la forma autocrática de elegir el emplazamiento no se tuvieron en cuenta sus graves inconvenientes. Los criterios para situar un depósito nuclear deberían ser la estabilidad sísmica, la reducción de transportes desde los puntos de generación y carecer de valores naturales tanto el lugar de instalación como su entorno. Pero El Cabril se sitúa en lugar de alto valor natural en las proximidades del Parque Natural Sierra de Hornachuelos, espacio catalogado en la Red Natura 2000. Está sobre un medio geológico heterogéneo, anisótropo y fracturado, con cierta actividad sísmica y arroyos que alimentan un afluente de Guadalquivir. Está muy alejado de la mayoría de instalaciones nucleares y radiactivas del país, lo que implica largos recorridos de transportes con carga peligrosa. Como ejemplo, en 2023 hubo 276 expediciones (211 desde las instalaciones nucleares). Enresa estima en el resto del siglo unos 250 transportes anuales. Se han registrado varios accidentes de tráfico con vehículos que transportaban residuos. En el ocurrido en 1989, con bultos de Garoña, hubo que descontaminar el suelo.
A pesar de todo esto, se pretende continuar almacenando residuos hasta el cierre y desmantelamiento de todas las centrales nucleares de la península. La última cerrará en 2035, pero los desmantelamientos de las siete que están funcionando hoy se prolongarán hasta mitad de siglo. La capacidad de almacenamiento para todos los residuos de muy baja actividad previstos se presume suficiente con las cuatro celdas autorizadas. Por el contrario, se ocupará toda la capacidad actual de El Cabril para los residuos de baja y media actividad con el desmantelamiento de la central de Garoña. Actualmente el nivel de ocupación de las 28 celdas existentes es del 83%. Ante esta evidencia, la solución elegida por el gobierno es aumentar la capacidad de almacenamiento con nuevas instalaciones. Se quiere duplicar la capacidad construyendo hasta 27 celdas más. Las primeras 12 se pretende que estén disponibles para 2028, y el resto en una fase posterior.
Con esta decisión se profundizan los problemas que plantea la instalación de El Cabril. Esta instalación no debería ser ampliada, si no ser cerrada cuando llegue a su límite de almacenamiento. Esto significa que debe comenzarse cuanto antes la búsqueda de un lugar más apropiado para la gestión de este tipo de residuos radiactivos. Y esta vez ha de abordarse con el debido respeto a la ciudadanía, con transparencia y procesos de verdadera participación pública.
Residuos de Radiactividad Alta
El residuo más peligroso de la industria nuclear es el combustible gastado de los reactores (CG). Contiene grandes concentraciones de radionucleidos con una mezcla de elementos de vida corta muy radiactivos y de otros con tiempos de desintegración muy largos, lo que hace que los residuos estén activos durante centenares de miles de años. Sus emisiones radiactivas son tan intensas que generan fuerte calor durante mucho tiempo. Se les denomina Residuos de Alta Actividad (RAA). Este término incluye además otros elementos necesarios para la central, como las fuentes neutrónicas, la instrumentación intranuclear utilizada o la vasija y otros componentes internos del reactor (llamados en el argot Residuos Especiales). Los RAA no son la parte más abultada de los residuos de una central nuclear, sólo alrededor del 22% del volumen total, pero sí los más peligrosos y difíciles de gestionar.
Para aislarlos de la biosfera la opción con mayor consenso entre los treintaiun países nuclearizados del mundo, es enterrarlos en un entorno geológico estable durante esos larguísimos periodos de tiempo. Un entorno que haga difícil la migración de los elementos radiactivos por el subsuelo, a través de rocas y acuíferos y que impida el contacto con agua, sea de lluvia o subterránea. Como esto no puede asegurarse, se ha de construir además un excelente sistema de almacenamiento con las mejores barreras que se puedan concebir para evitar esas migraciones. Además, debe hacerse de modo que sea posible la recuperabilidad de los residuos si se descubriera una forma de neutralizarlos en el futuro. En esencia esto es un Almacenamiento Geológico en Profundidad (AGP). En el mundo, solo Finlandia está construyendo uno, que puede comenzar a funcionar pronto. Se ha diseñado para 6.500 toneladas de uranio. Está en las etapas finales de evaluación de la licencia de operación. A fecha de diciembre de 2025 no habían realizado aún pruebas con material radiactivo.
Entretanto, en casi todo el mundo, el combustible gastado permanece en las propias centrales, bien sea refrigerados en piscinas, bien en contenedores depositados sobre losas sísmicas (explanadas con una o varias estructuras de hormigón armado). Un almacenamiento no definitivo que en España se denomina Almacén Temporal Individualizado (ATI). Los contenedores son un sistema de almacenamiento en seco, con refrigeración pasiva por aire y apantallamiento de las radiaciones, en el que se introducen elementos combustibles que hubiera rebajado su carga térmica tras un tiempo en la piscina. Son cilindros de unos 5-6 m de alto por 2,6-4 m de diámetro, que pesan 100 ó 200 toneladas en vacío, dependiendo del modelo.
El combustible gastado permanecerá en el emplazamiento de cada central hasta su traslado al almacén geológico en profundidad (AGP), planificado para el año 2073, según el 7º Plan de Residuos Radioactivos. Por tanto, habrá siete almacenes de residuos de alta actividad durante más de cuatro décadas antes de librar a los territorios de su presencia. Desde que entraron en operación las centrales nucleares hasta que se vacíen sus depósitos de residuos de alta, los Almacenes temporales individualizados (ATIs), las comarcas nucleares habrán convivido con materiales y procesos altamente radiactivos durante 85 años en el caso de CN Trillo, la más reciente, hasta los 105 años de Zorita (CN José Cabrera), la primera central del Estado.
Los residuos de alta actividad acumulados en las centrales al final de 2024 suman 5.712 toneladas de uranio[3]. Estimamos que, con el Plan de cierre de 2019, los siete emplazamientos de las centrales nucleares albergarán a partir de 2035 unos 528 contenedores[4] con unas 7.100 toneladas de Uranio. La distribución por emplazamiento nuclear se aproximará a la que se muestra en la tabla.
| COMBUSTIBLE GASTADO | Fecha de cierre de centrales | Nº de CONTENEDORES en ATI cuando CIERRE | toneladas URANIO en ATI cuando se CIERRE |
| CN Almaraz I | nov-27 | 124 | 1.709 |
| CN Almaraz II | oct-28 | ||
| CN Ascó I | oct-30 | 134 | 1.838 |
| CN Ascó II | sept-32 | ||
| CN Trillo | may-35 | 69 | 946 |
| CN Vandellós II | feb-35 | 58 | 919 |
| CN Cofrentes | nov-30 | 76 | 1.098 |
| TOTAL CCNN operativas | 460 | 6.510 | |
| CN Garoña | cerrada | 48 | 426 |
| CN José Cabrera | cerrada | 16 | 162 |
| CN Vandellós I | cerrada | 4 | |
| TOTAL | 528 | 7.097 |
Si no se cumpliera el Plan de Cierre, y se prolongara la vida de los siete reactores en funcionamiento, se puede calcular que en una década de funcionamiento se añadirían otras 1.147 toneladas de uranio y 81 contenedores más a los ATIs.
La primera central que decidieron cerrar las empresas nucleares en 2019, Almaraz I, aumentaría en 11 contenedores el combustible gastado que se acumulará en su ATI cada 10 años. Añadiendo así 155 toneladas más de uranio extremadamente radiactivo al problema de gestión de residuos. Lo mismo aplicaría a Almaraz II y los dos reactores de Ascó; Con contenedores de diferente capacidad asignados a otras centrales, el resultado sería un aumento en Vandellós II de 10 contenedores, en Trillo de 14 y en Cofrentes de 13 contenedores más.
Para la industria nuclear, si la población se siente insegura, intranquila por la permanencia a la intemperie de los contenedores de residuos en los ATIs (siga en marcha la central o esté ya desmantelada), la culpa la tiene el gobierno por haber dado carpetazo al proyecto del ATC en Villar de Cañas. Pero el ATC no resolvía nada. Se trataba de un almacenamiento centralizado para todos los contenedores de combustible gastado del Estado que fue ideado antes de que existieran los ATIs, para resolver el problema del llenado de las piscinas de combustible gastado (algo que obligaría a parar las centrales en cuanto no pudieran hacer sitio en ellas). El ATC solo solucionaría el problema de la industria. Para la población significaría añadir otro territorio más a los ocho que están soportando la ocupación nuclear, y exponer a muchas otras poblaciones (unas 500 para llegar desde cada central a Villar de Cañas) al riesgo de transportar el medio millar de contenedores radiactivos por muchos kilómetros de carreteras (unos 2.400 km en conjunto). O más contenedores si se prolongara la vida de las nucleares.
No hay buena salida del atolladero de la energía nuclear, pero por ahora, el Almacenamiento Geológico en Profundidad parece la única que puede ofrecer cierta seguridad, al menos a medio plazo. Sin duda es una empresa difícil, larga y costosa. Por eso mismo hay que emprender cuanto antes el proceso para hacer un cementerio de residuos de alta actividad. El objetivo que marca el 7º Plan de Residuos Radiactivos de retrasarlo hasta 2073 no es aceptable, ni tampoco se ha justificado.
No puede repetirse lo que se hizo con El Cabril o con Villar de Cañas. Se necesita un proceso de información y debate con la sociedad con todas las cartas sobre la mesa: toda la información y explicaciones que se pida a las autoridades, derecho a proponer y discutir como hacerlo para llegar a algún tipo de consenso real. Es un camino arduo pero necesario, y otros países de Europa ya lo están recorriendo hace años (Suecia, Francia, Alemania, Suiza).
REFERENCIAS:
[1] 7º Plan General de Residuos Radiactivos, 27 de diciembre de 2023
[2] Estudio Económico-Financiero actualizado del coste de las actividades contempladas en el 7º PGRR Junio 2024, Enresa
[3] Informe del Consejo de Seguridad Nuclear al Congreso de los Diputados y al Senado Año 2024
[4] Elaboración propia a partir de los datos de recargas disponibles en las web de CNAT, ANAV y de la central de Cofrentes y del tipo de contenedores usados en cada central (V. Informe al Congreso 2023).
Este artículo forma parte de una serie de publicaciones donde exponemos por qué decimos NO a la energía nuclear. Os animamos a leerlas para conocer la visión completa de nuestra oposición a la energía nuclear.


